Lo suficientemente invisible como para pasar inadvertido;
lo suficientemente visible como para no tener donde esconderme

30 may. 2008

Las plagas

Todo tu amor,
no la mitad,

todo tu amor,
no la mezquina mitad

- Rescate, "Tu Coche"

Como aquella vez, hace miles de años en Egipto, el Creador consideró que el momento adecuado había llegado y desplegó su Ira correctora de la manera clásica: las plagas.

Así, al alba de un fatídico día para los hombres poderosos, el río crió ranas las cuales subieron a tierra, llenaron las casas y las calles por millones. Los gobiernos unidos en pocos días llevaron a cabo la operación "Exterminio anfibio" y con la ayuda de poderosos venenos inocuos para la raza humana acabaron con el espanto ranífero.

A ver esto, el Creador omnipotente lanzó su segunda plaga: las moscas. Y vino toda clase de ellas molestísimas sobre todas las casas y pueblos y la tierra fue corrompida a causa de ellas. Pero no importó mucho: la ciencia humana había evolucionado lo suficiente en el desarrollo de insecticidas efectivos e inocuos para la raza humana.

Al igual que en el antiguo Egipto, lo siguiente fue el azote sobre los ganados que están en el campo, caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas, con plaga gravísima. La medicina veterinaria finalmente pudo reestablecer el orden luego de mucho dolor y pérdidas económicas cuantiosas.

Luego llegaron las úlceras. Y hubo sarpullido que produjo plaga de úlceras tanto en los hombres como en todo tipo de animales. Nada que la medicina moderna no pudiera resolver después de un tiempo.

La raza humana no recapacitaba así que, lo próximo fue el granizo. Hubo, pues, granizo, y fuego mezclado con el granizo, tan grande, cual nunca hubo en toda la Tierra desde que fue habitada. Destrozó el granizo toda la hierba del campo, y desgajó todos los árboles. Sin hablar claro de los techos, autos y estructuras vidriadas hechas añicos. Costó unas semanas pero el hombre se levantó nuevamente gracias a los vidrieros, la masilla y una superproducción de membranas y plástico.

Y llegó un clásico: las langostas. Al llegar la mañana un fuerte viento oriental trajo la langosta en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después;
y cubrió la faz de todo el mundo, y oscureció la tierra; y consumió toda la hierba, y todo el fruto de los árboles que había dejado el granizo; no quedó cosa verde en árboles ni en hierba del campo, en toda la tierra. El hombre se dedicó a fumigar y fumigar y fumigar usando los métodos más avanzados hasta que el horror fue superado.

Luego, el Todopoderoso envió su temida plaga de las tinieblas. El sol no alumbró durante tres días y el hombre se burló de su Creador a la vez que hacía gala de su artillería lumínica generada electricamente. El consumo eléctrico llegó a niveles históricos y la venta de lámparas también pero nada más grave que eso.

Parecía que los antiguos métodos correctivos del Creador ya nada podían hacer con el preparado hombre moderno.

Pero lo que vendría sería desde todo punto de vista horripilante. La plaga de los primogénitos aniquiló a cada primer hijo de cada familia hundiendo a la humanidad en un dolor incontenible, desesperante, casi insoportable. Ejércitos de curas, pastores, psicólogos, asistentes sociales y mentalistas trabajaron sin descanso día y noche hasta que ya nadie sintió culpa y todos recuperaron una vida en apariencia aceptablemente saludable.

Remitiéndose a la historia de Egipto todos suponían que esa era la última plaga, pero no. El Creador se guardaba un inquietante as en la manga.

Así llegó la última y más espantosa plaga, la que no da respiro, la que no hay artilugio que pueda detener, la que a su paso consume todo, destroza toda la vida y mata sin razón. Todo lo que toca lo convierte en desperdicio, en muerte, en doloroso horror.
La última plaga, la plaga de las plagas: el mismo hombre.