Lo suficientemente invisible como para pasar inadvertido;
lo suficientemente visible como para no tener donde esconderme

19 sep. 2005

Un final feliz?

El pequeño Tomás se acurrucó en el sucio, húmedo y viejo colchón que compartía con otros tres niños en el improvisado centro de atención a evacuados en el frío gimnasio del club.
La larga noche iba poco a poco apagando los murmullos y los llantos de la heterogénea multitud que, unida por la desgracia, se disponía a dar fin a otro día más de desolación.
Tomás, con los ojos entreabiertos, resistía y se esforzaba para permanecer despierto. No quería perderse el final del cuento que su padre, con más fuerza que nunca, estaba por concluir. El padre añoró -con un nudo en la garganta- las noches cálidas y secas del hogar dulce hogar. Y recordó el desgano con el que encaraba los cuentitos a la hora de dormir a los niños. Ahora, sumido en el dolor, trasmitía en voz baja pero con firmeza lo que ningún texto mojado podía darle, sino lo que él mismo en su propia mente podía leer:
... y así... la gente del mundo se fue haciendo cada vez más mala... Y la maldad había aumentado tanto tanto sobre la Tierra que el aire se había vuelto muy espeso.
Tan pesado se volvió el aire que se hizo más pesado que el agua misma! Ese día, 'la tortilla se dió vuelta' y el agua comenzó a subir. Y el aire comenzó a bajar por el peso. Fue así como a partir de ese día cada vez que llovía mucho las casas de los barrios más altos eran las que primero se inundaban.

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