Lo suficientemente invisible como para pasar inadvertido;
lo suficientemente visible como para no tener donde esconderme

18 oct. 2005

Dos deseos

Nothing really matters,
Anyone can see,
Nothing really matters, nothing really matters to me
-"Bohemian Rhapsody", Queen

-Bien -le había dicho el Genio- ahora solamente te quedan 2 deseos.
-Ja, no tengo que pensar mucho, -respondió rápidamente Darío. Miró hacia arriba, hacia algún punto indefinido del infinito cielo como para concentrarse mejor y agregó con firmeza- ser feliz y recorrer el mundo.
El genio, con medio cuerpo afuera de la vieja lámpara se frotó el mentón, hizo un par de ademanes y acercándose a Darío le susurró:
-Listo... Está hecho.
-Gracias Genio!
-A vos -dijo el Genio mientras se esfumaba otra vez dentro de la lámpara como succionado por una silenciosa aspiradora.

Hasta aquí la historia que una y otra vez Darío Figueroa relataba sin contradicciones cuándo se le preguntaba por el origen de su singular comportamiento.
Más allá de la dudosa veracidad del hecho, lo cierto es que su estado mental se agravó día a día y tuvo que paulatinamente ir abandonando todas sus actividades laborales hasta ser finalmente recluído en un neuropsiquiátrico.
Ese fue sólo el principio.
Lejos de estar preocupado, él aseguraba sentirse la persona más feliz del mundo y su buen humor contagiaba hasta al más deprimido.
Su caso, el de un tipo de locura que no podía encasillarse en ninguna de las clasificaciones conocidas hasta el momento, fue motivo de estudio y de intenso debate en diversos congresos neurológicos, así como variados simposios y conferencias. Esto le permitió, acompañado de su amigo y representante, asistir a un sinfín de eventos.
Recibía constantemente invitaciones de los cinco continentes. Toda la comunidad médica y científica quería conocer su caso, estudiarlo. Así pudo en pocos años recorrer el mundo. Como lo había deseado. Siempre con alegría, siempre con una sonrisa, siempre agradeciendo a todos y a la vida. Se le suministraban diariamente medicamentos que lo mantenían con una relativa lucidez y no se lo dejaba sólo ni para ir al baño. Pero a pesar de eso y de que muchas veces ni siquiera podía salir del hotel durante sus estadas, él se sentía muy afortunado, desbordante de dicha y disfrutaba plenamente cada viaje.

Eso sí, nunca nadie pudo saber cuál había sido su primer deseo. Solamente se sabe que todavía no se ha cumplido. Cuando se le interroga sobre el tema, Darío Figueroa, siempre responde:
-Ya lo sabrán. No puedo decir nada. Acordamos con mi Genio que sería una sorpresa.

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