Lo suficientemente invisible como para pasar inadvertido;
lo suficientemente visible como para no tener donde esconderme

28 ene. 2005

Meio

Se ríe el niño dormido,
quizás se sienta gorrión esta vez,
jugueteando inquieto en los jardines de un lugar
que jamás despierto encontrará...
- "Plegaria para un niño dormido", Luis Alberto Spinetta


El padre sentado en una reposera disfrutando de su hijita de 2 años.
Después de un pesado día de laburo nada más reconfortante que esta escena.
Además, la tarde de verano brindaba una brisa muy fresca.
De pronto, un ruido de detonación lejano.
- Uido pá -dice la hermosa nena que a "upa" gira la cabeza para mirar a su padre con los ojos más redondos que nunca.
- No es nada mi amor -contesta él.
- No es nada pá? -pregunta ella
- No es nada -repite él-. No tenes que tener miedo, estás con papi.
- Papi no tene meio? -pregunta la inocente criatura.
- No, papi te cuida. Papi no le tiene miedo a nada.

Más tarde, con la niña ya durmiendo en su cuna, el hombre se encierra en el baño.
Se mira fijamente al espejo.
- Qué nos está pasando? -se pregunta.
El espejo repite casi burlonamente lo dicho.
Mirándose a si mismo el hombre comienza a llorar mientras en su cabeza hacen eco con sarcasmo las palabras dichas a su hija: "Papi no le tiene miedo a nada", pensaba.
Recordó su infancia.
Recordó la visión que él mismo tenía de sus padres. Poderosos, seguros, estables, fuertes, valientes.
Ahora imaginaba como lo vería su hija. "Si ella supiera...", pensó.
Estiró su mano para apagar la luz. Prefería no verse.
Así se quedó un largo rato. Así fue que aprendió algo aplicable a un amplio espectro de la vida: "El tema con la oscuridad es que nunca es absoluta, y con el tiempo los ojos se van acostumbrando".

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