Lo suficientemente invisible como para pasar inadvertido;
lo suficientemente visible como para no tener donde esconderme

11 feb. 2005

El Encuentro [el final]

(Ver Parte II, Parte I)

Se hizo un silencio sepulcral y Jorge Gutundio (por lo menos así figuraba en su DNI) bajó la vista al suelo. El zumbido del infernal tubo fluorescente parecía aumentar el volumen con cada segundo transcurrido. Finalmente Jorge levantó la vista y simulando darse por vencido dijo:
-Parece que ya nos conocemos.
-Ja, "el universo es un pañuelo", dice siempre uno de mis pacientes. Lo cierto es que cada uno tiene una misión y yo nunca he olvidado la mía -dijo Ferrero en tono de advertencia.
Jorge notó algo familiar en el doctor. No podía precisar que era pero detrás de toda la "carcasa humana" reconoció por fin a su interlocutor.
Y recordó.
Recordó la infancia en común, tan lejana en tiempo y espacio. Recordó como era su cuerpo antes de este envoltorio humano. Recordó como participaron codo a codo activamente en la revolución. Recordó la escisión del partido, los debates, las irreconciliables diferencias en Política Interplanetaria... Y recordó su misión. Como olvidarla? Años y años de trabajo que ya casi estaban por dar sus frutos.
Finalmente sus sospechas no eran infundadas. Lo habían estado siguiendo.
Allí estaban ambos. Practicamente olvidados por los suyos, en un planeta tan lejano, enfrascados en una lucha de intereses que se había vuelto muy personal. Pero estaba claro que los ideales seguían intactos.
Se escuchó un portazo lejano. Natalia se había ido dejándolos solos.
-Cuánto hace que me estás siguiendo? -preguntó Jorge.
-Ja... -el "doctor" sonrió triunfalmente.- Creo que ya he perdido la cuenta.
Hizo un ademán como para abrir un cajón del escritorio. No llegó a introducir una mano en él cuando Jorge se le abalanzó encima arrojándolo al piso con silla y todo.
El médico golpeó con su cabeza las duras baldosas de cerámica y Jorge, aprovechando el impacto, con rápidos movimientos apretó el cuello del "doctor" con su rodilla mientras extraía de su camisa el misterioso "parche". Con una sola mano le quitó la funda transparente plástica que lo recubría. La frialdad y destreza eran asombrosas.
- No! No! -alcanzó a decir el doctor al sentir el parche que su antiguo adversario le pegaba en el cuello.
Jorge se levantó de un salto y se alejó unos metros como para tener una visión global de la escena.
El parche fue disolviéndose en la piel del doctor Ferrero, absorbiéndose por sus poros como agua que se escurre en una alcantarilla.
El falso médico, lejos de retorcerse en desesperación, parecía cada vez más relajado y vencido. A los 2 minutos ya ni se movía.
Jorge esperó con la paciencia de una araña a punto de devorarse a su presa.
"Habían sido muchos años de preparación", pensaba Jorge mientras salía del consultorio.
"Muchas maniobras meticulosamente estudiadas para poder al fin concretar la misión", se justificó.
"Bastante tengo que cargar con esta enfermedad crónica", continuó mientras esperaba en la esquina que el semáforo le fuera favorable para cruzar la calle.
"No me puedo dar el lujo de que alguien atente contra el éxito de la misión", se dijo. "Y menos ahora que falta tan poco".
-Tengo una demora de 20 minutos -le dijo una señora gorda muy simpática cuando Jorge ingresó en la remisería.
-Esta bien. Esperaré -contestó él.
"Esperar, esperar! Siempre esperar", pensó.
"Vamos, ya falta poco", se dijo más animado. "En poco tiempo podré volver a casa y disfrutar del reconocimiento, del éxito político, el poder y la fama".
Estaba totalmente convencido de que su carrera política ya casi no encontraría obstáculos una vez que él se llevara todos los honores por haber aniquilado al planeta Tierra.

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